En un pequeño pero hermoso pueblo, lleno de diversidad y costumbres, vivía una jovencita llamada Matilde. A Matilde le gustaba mucho aprender, iba siempre puntual a su escuela y recibía todas las enseñanzas de sus maestros como si hubiera descubierto un cofre del tesoro. Era una excelente alumna y todos en el pueblo la conocían por ser una genio.
En una mañana como cualquier otra, la jovencita se levantó para prepararse e ir a estudiar. Recorrió el habitual camino adornado de margaritas, rodeada del canto de los pájaros y el olor a pan recién sacado del horno. El día parecía prometerle buenas experiencias hasta el final; sin embargo, cuando estaba a punto de entrar a la escuela, una mano grande y de aspecto áspero la detuvo.
—Regrese, señorita Matilde. Ya no puede entrar —le dijo el dirigente de la escuela, un hombre delgaducho y aburrido. Matilde, triste, preguntó el por qué.
—A partir de aquí, solo los hombres pueden seguir estudiando —contestó él.
—¿Por qué las mujeres no? —quiso saber Matilde.
—Justamente por eso —respondió el dirigente, irritado—. Por ser mujeres.
A Matilde le pareció injusto, pero no pudo decir ni hacer nada; regresó con desánimo a su casa, en donde la recibió su hermano Antonio. Este, al verla tan afligida, le preguntó qué había sucedido y Matilde le contó, entre lágrimas, todo a su hermano, quien la escuchó atentamente.
Al otro día, recibió una sorpresa.
—Te he inscrito nuevamente, Matilde —dijo Antonio con una sonrisa—. Limpia tu barco y prepara tu catalejo, mañana ya puedes hacer otro mapa del tesoro, pequeña pirata.
—¿Cómo lo conseguiste, hermano? —preguntó Matilde, asombrada.
Antonio le guiñó un ojo. —Solo bastó mostrar tus excelentes descubrimientos al líder del pueblo para convencerlo.
Matilde estaba muy contenta. El conocimiento era para ella algo invaluable y no había nada mejor que poder seguir descubriendo más cofres del tesoro; se sentía una pirata invencible en su gran barco, navegando los extensos mares y encontrando nuevas tierras y personas. Solo el conocimiento la hacía sentir valiente, como si pudiese ir a cualquier lugar y cartografiar el mundo con sus propias manos.
Cuando volvió a la escuela, el dirigente la estaba esperando nuevamente en la entrada. Su mano volvió a detenerla.
—Será usted muy lista, señorita Matilde; pero eso no basta para que pueda entrar aquí —afirmó, ignorando el saludo de buenos días de la joven.
Fue entonces cuando Matilde sintió una repentina ráfaga de valor, respiró hondo y respondió en voz alta: —El cofre del tesoro puede ser buscado por cualquier persona. El cofre del tesoro no se queja si un hombre o una mujer lo encuentran.
El hombre la miró raro, y antes de que pudiera decirle cualquier cosa, Matilde ya se encontraba corriendo con todas sus fuerzas dentro de la escuela; el dirigente intentó alcanzarla, pero al ser tan delgado y débil, no pudo dar muchos pasos y Matilde entró a su aula de clases con una sonrisa de oreja a oreja. Un nuevo cofre del tesoro la esperaba, porque ella era la mejor pirata de todos los tiempos.
Doménica Terán
(Estudiante de Comunicación)
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